Nuestra Madre y Señora de la Merced

A comienzos de 1966, la Junta de Gobierno presidida por don Juan Fernández Rodríguez García del Busto -Medalla de oro y Hermano Mayor Honorario Perpetuo de la Hermandad- inició las gestiones encaminadas al cambio de la antigua imagen de la Virgen, la cual, aunque contaba con la devoción los hermanos, era de escaso mérito artístico y carente de auténtica expresividad dolorosa. Conocedores los Oficiales de Pasión de la existencia de una imagen en el taller del prestigioso escultor Sebastián Santos, recabaron la emisión de informes a reconocidas personalidades del mundo artístico hispalense, para que reflejaran su autorizada opinión sobre los valores estéticos y religiosos de la talla que se pretendía entronizar. Así, por ejemplo, nuestro hermano el Rvdo. Padre don José Sebastián y Bandarán, que además de Camarero del Señor de Pasión y Director Espiritual de la Hermandad era Académico de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría y Patrono del Museo, expresó que la referida imagen era de “hermosura singular, y de espiritualidad intensísima, moviendo a devoción su expresión y su actitud, realzado todo ello, por su impresionante majestad y señorío”. 

Ante el dictamen de tan cualificadas plumas, la Junta convocó un Cabildo General Extraordinario para el domingo día 6 de febrero de 1966, en cuyo orden del día figuraba como segundo punto la propuesta de sustitución de la Dolorosa. Dicha propuesta se aprobó, según el acta, “por entusiasta aclamación”. La conformidad para su bendición se obtuvo por decreto de su Eminencia Reverendísima el Cardenal Arzobispo Dr. don José María Bueno Monreal, fechado el 14 de febrero. La aludida ceremonia tuvo lugar el viernes 26 de marzo, a las ocho de la tarde, siendo oficiada por el entonces Obispo Auxiliar de la Archidiócesis -después Arzobispo de Pamplona- Dr. D. José María Cirarda Lachiondo, actuando como padrinos el Hermano Mayor don Juan Fernández y su esposa N.H.D.a Isabel de Argüeso

 

El rostro de Nuestra Madre y Señora de la Merced, tallado en madera de ciprés, hace gala de una atemperada serenidad, en equilibrada conjunción con la atenuada expresión angustiada de sus rasgos faciales. Este sosiego queda como remarcado por la belleza de sus ojos, grandes y de color miel, tamizados por pestañas postizas y enmarcados por cejas de trazo descendente. Los ojos son de cristal y de tamaño algo superior al empleado normalmente por el autor en sus imágenes, lo que da como resultado una mirada de gran serenidad y de gran realismo. Como es habitual en la producción de su autor, las mejillas de la Virgen aparecen surcadas por siete lágrimas de cristal, que no son sino el recuerdo de los dolores que padeció a lo largo de su vida terrenal. Los labios, ligeramente entreabiertos, permitiendo incluso la visión de la lengua, parecen contener un sentido sollozo. El cuello, esbelto y de modelado blando, está magistralmente anatomizado. Tanto la mascarilla como las manos, con sus dedos delicadamente flexionados, se han policromado con pálidas y rosáceas carnaciones, que nos recuerda a las primeras obras del escultor.

 

En las manos, también realizadas en madera de ciprés, apreciamos el abandono de los modelos anteriores de Sebastián Santos, puesto que la mano derecha compone el movimiento separando los dedos índice y anular, los dedos corazón y meñique se flexionan en sentido contrario, desde la articulación de los metacarpos hacia adentro.

La imagen de Nuestra Madre y Señora de la Merced es una de las obras más apreciadas por su escultor, y mereció de innumerables elogios cuando fue bendecida en 1966. Sebastián Santos había moldeado su efigie con anterioridad, por lo que se trata de una obra de cuidada factura y esmero que realizó con total libertad creativa. Se trata, pues, de una de las dolorosas de mejor y más cuidada factura de la imaginería contemporánea.